Con Folklore, grabado durante el confinamiento, Taylor Swift adoptó el lenguaje completo de lo pequeño: títulos en minúscula, fotografía doméstica y desaturada, la narrativa de la artista refugiada creando en soledad. Que sea un buen disco o no no es la cuestión. La cuestión es que el vocabulario visual y emocional que el bedroom pop independiente había construido por necesidad (la habitación de Clairo está a un solo paso) funciona aquí como dirección de arte para un producto de alcance masivo, con uno de los aparatos de marketing más sofisticados de la industria detrás. La cultura de consumo lleva tiempo usando "imágenes, signos y bienes simbólicos que evocan sueños… y sugieren autenticidad romántica" (Featherstone, 1991).
Es el cierre lógico de la trayectoria: cuando la estrella más grande del mundo necesita parecer pequeña para sonar verdadera, la estética de lo precario ha completado su transformación en valor.
VER — "cardigan" (2020): lo doméstico como superproducción.
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